Inicio

Martina Martínez Tuya 
 

 Tato
 

PRÓLOGO

 

 

 

¡Cuántos años en el cajón! Este fue mi primer libro. El que escribí justo después de leer la tesis doctoral. Gracias a aquel trabajo conseguí adaptar el pensamiento a la velocidad de escritura de mi antigua Remington, aquella máquina que tenía un teclado francés y en la que no había acento agudo, y cada vez que lo necesitaba tenía que dar al apóstrofe y luego dar marcha atrás para que la vocal quedase justo debajo. Tampoco tenía ñ y el acento circunflejo sobre la n sustituía la falta de esa letra. Con todo, conseguí ir muy deprisa y alcanzar esa facilidad que permite pensar y olvidar que se está escribiendo lo que se piensa, lo que se piensa o lo que se siente, da igual.

Cuando terminé en 1981 la primera parte y los cuentos empezó el recorrido de este librito. Se iba a celebrar un año dedicado al síndrome de Dowm y yo pensé colaborar escribiendo un libro para el gran público, sin descartar que tuviera interés para los padres que conocían las dificultades y los sentimientos que acompañan al nacimiento y la educación de un hijo con problemas.

Nadie quiso publicarlo. Unos, porque querían que sirviera a una tesis concreta. Otros, porque aunaba lo didáctico – aunque ciertamente heterodoxo- y lo literario. Hubo editorial que lo rechazó por no tener un número suficiente de páginas.

A instancias de un amigo lo envié al Concurso de autores noveles del Ministerio de Cultura del año 1982. Fue seleccionado a nivel provincial pero no pasó la fase nacional.

Le busqué un buen sitio en un cajón. Salió de allí en el verano del 86 y lo traduje al francés para que lo publicaran en Bélgica. Creí que estaba incompleto, que todo había cambiado poco o mucho y escribí la segunda parte. Mi valedora en el nuevo proyecto editorial no pudo ayudarme y Tato volvió al cajón con unas cuantas páginas más.

Fui escribiendo otros libros. Unos se han publicado, doce ya en total, y otros aún siguen en el lugar mágico de los mejores libros de todo autor que se precie.

 

Para Tato ha llegado el momento; el momento de salir del cajón, de hacerlo por libre total, de no cambiar ni una coma, - bueno, alguna sí.

Este pequeño libro no es sino el reflejo de una experiencia personal que el tiempo ha alejado, incluso de mí, pero que confío en que siga viva en la lectura, en que todos puedan encontrar a ese niño diferente – que no solo distinto- que en el fondo se parece mucho a todos nosotros.

 

Febrero de 2014

 

 

 

 

 

 

 

 

PREFACIO

 

 

 

Hablaré aquí contigo, querido Tato, de todas esas cosas de las que nunca podré hablarte, aunque no sea necesario que tú y yo las hablemos: nosotros apenas si tenemos necesidad de hablar.

 Tú puedes decirlo todo con tu sonrisa y yo no podré nunca ocultarte nada con mis palabras.

 

Si digo todo esto es porque en realidad lo necesito; necesito reflexionar sobre la forma insólita en la que se desenvuelve nuestra comunicación.

 Compréndelo... Tú has estado siempre en casa, con nosotros, y has podido eliminar de tu entorno todo lo que no fuera la realidad, - tu realidad -, pero yo no he tenido esa suerte. He necesitado que vinieras, que no pudiera comunicarme contigo, que sufriese mi impotencia para verte como siempre había visto a los otros para que al fin, poco a poco, haya ido prescindiendo de lo aprendido, de todo lo que ocultaba en mí lo que en mí había.

 No fue nada fácil, ¿sabes?

 

Yo diría que fue francamente difícil, demasiado difícil y particularmente doloroso a veces. No se abandona una filosofía de la vida de la noche a la mañana, pero tengo que decir en honor a la verdad que me has ayudado mucho. Has sido mi maestro, aunque también diré que has sido un maestro intransigente, implacable, incapaz de dejar nada suelto, nada en pié.

Yo intentaba una y otra vez cambiar, sí, pero no del todo..., dejando un poco..., algo al menos de lo que siempre había sido mío. Todo era inútil.

Tú, desde tu mutismo, desde tu supuesta insignificancia, te erigías en mi árbitro, a veces casi te diría que en mi verdugo.

 Has ganado: la alumna al final ha aprendido. Ha aprendido como se aprende siempre, quiero decir siempre que en realidad se aprende. Ha aprendido a ser ella misma, a saberse en el mundo, y, siguiendo tu ejemplo, a no tener miedo de ninguna de esas dos cosas.

 

Todo esto, dicho así, parece hasta sencillo, pero no lo es. Todo lo que a ti se refiere, y está claro  que ese todo no eres tú precisamente sino lo que entra en contacto contigo, está impelido inexorablemente a realizarse al ralentí. Esa es tu fuerza.

 

Tu postura vital impide cualquier simplificación y toda simplificación no es sino una síntesis de la realidad y, por lo tanto, algo que carece de realidad objetiva, que sólo es real como discurso.

 

Tu contacto obliga a detenerse, a caminar despacio, a mirar siempre dónde se ponen los pies y hacia dónde se encamina el paso siguiente. Caminar es, así, un descubrimiento de todo lo que siempre hemos considerado, - no sin un cierto aire de suficiencia -, conocido.

 

He hecho desde entonces y por primera vez los mil caminos que tantas veces había recorrido y he descubierto que lo distinto no es simplemente el lugar de partida y el de llegada, sino todo, absolutamente todo: del principio al final, y ..., algo más... No sólo todo es distinto, sino único.

 

Es cierto que los pasos no siempre son agradables y que pueden descubrir terrenos patéticos. También que al elegirlos así, con esa reflexión obligada, con ese conocimiento minucioso, se tiene una extraña sensación de vértigo.

Llegado a este punto, sólo hay algo más por aprender: aprender a no mirar nunca hacia atrás, a asumir la elección tomada negándose a cualquier remordimiento pero abierto de par en par a cualquier valoración, positiva o negativa, siempre desde la conveniencia de aprender para los pasos siguientes.

 

 Así, querido Tato, he tenido que caminar durante todos estos años que llevas con nosotros. He tenido miedo, mucho miedo a veces.

He tenido miedo cuando mis decisiones tenían que ser absolutamente mías, cuando tu realidad me obligaba a ver en solitario y a hacer no sólo algo distinto de lo que otros hacían, sino justamente lo contrario.

 

Intenté educarte, influir en tu vida como había intentado hacerlo sobre tus hermanos, pero encontré que eso también tenía que ser diferente: menos de lo que pensé en un principio, pero diferente al fin y al cabo, aunque sólo fuera porque tenía que asumirlo de distinta manera.

 No olvides que yo había aprendido muchas cosas sobre educación, y muchas más sobre enseñanza.

 No olvides que yo era una profesional que siempre creyó en las posibilidades reales de su trabajo.

 

Contigo aprendí que nada de eso era cierto del todo: que la mayoría de los principios no eran principios, sino consecuencias.

Aprendí que todo era mucho más sencillo, más asequible con sólo dejar de tener pretensiones de ser capaz de llegar al otro, de disponerlo por dentro y por fuera como si hiciésemos un muñeco al que vistiésemos y diéramos vida con un mecanismo perfectamente organizado y determinado.

 

Lo más sorprendente no fue descubrir que eso no servía para ti, sino descubrir, después, cuando ya no me era posible considerar nada como siempre lo había hecho, que eso no servía para nadie.

 

Así empecé, gracias a ti, no a ser un educador, sino a reeducarme.

¡Si supieras la cantidad de cosas que he aprendido desde entonces!

Desde entonces, siempre, ante cualquier cosa, por pequeña que parezca, por insignificante que pueda considerarse pienso, pienso y, sobre todo, me dejo sentir pensando.

 

Te explicaré algunos de mis descubrimientos, y fíjate bien: digo mis , no sólo porque yo haya llegado a ellos, sino porque renuncio desde ahora mismo a pensar que puedan servir para cualquier otro, que tengan validez para todos. Para mí son importantes porque me han ayudado a conocer algo de mi propia vida: porque llenaron unos momentos que son míos - que fueron, más bien - , porque gracias a ellos tuve conciencia de ser entonces.

 

 

¿Le gustaría tener el libro?

 

Principal  Narrativa  Obras técnicas  Biografía de la autora  Artículos  Comentarios  Cómo contactar