Martina Martínez Tuya

 
 


Tiempos de mujer

 

Con independencia de todas las conquistas hechas o a realizar por o para las mujeres, hay un reto muy importante,- decisivo diría yo- y que es común a hombres y mujeres: es el reto de la conquista de la intimidad.

 Hace unas dos o tres semanas el Profesor Castilla del Pino, en su discurso de Ingreso en la Real Academia, hablaba de esa necesidad. Es importante que él, precisamente él, lo diga. Lo es porque todos sabemos que Castilla del Pino siempre ha mantenido bajo sospecha cualquier superación de la alienación que no pasara por lo comunitario, por lo grupal. Sin duda la edad y la vida le han hecho ver que el término libertad sólo es posible cuando el individuo es capaz de enfrentarse con él mismo y cuando es capaz de optar por lo que quiere frente a lo que desea; sólo cuando es capaz de filtrar, rechazar, recomponer o utilizar lo que sus impulsos, sus instintos, sus pasiones, sus sentimientos le solicitan.

Nunca ha estado más amenazada la salud mental que hoy día. Los mitos actuales, además de no ser nunca - o casi nunca - reconocidos como tales, no son consoladores como eran los de las culturas tradicionales.

Dignificar la pureza, la renuncia al sexo bajo la amenaza de pecado tenía una gratificación a largo plazo, pero además también la tenía de manera inmediata: dejaba al individuo privado de elección y por lo mismo de responsabilidad (por no hablar que también le libraba de las consecuencias negativas en algunos casos)

Hacer creer que el sexo con cualquiera, de cualquier forma, en cualquier sitio es siempre sexo diez y no tiene mayores consecuencias y todo el que no lo crea así es un estrecho o algo peor, puede llenar por igual las consultas del médico, del psicólogo y del psiquiatra.

Vivimos en una sociedad que hace todo lo posible por mantener unos mitos, nuevos algunas veces con respecto a los que derrocó, desacreditó, pero también hay muchos de los antiguos que han perdido sus vinculaciones religiosas y se han transformado, con lo que se vuelven doblemente peligrosos. Ya no pueden tener la carga de regulación que tenían ni tampoco llevar a la sublimación, la racionalización o cualquier otro mecanismo que en términos de Freud pueda defender la personalidad. Esos mitos acaban en formas más y más violentas, más y más desintegradoras desde que en Occidente ha cundido la idea básica de que lo libre es lo impulsivo, aquello sobre lo que el sujeto no tiene control, unido naturalmente al aserto de que todo lo que espontáneo es bueno y ha de regir la conducta.

         

 

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