Martina Martínez Tuya

 

 

 

Releyendo a Bécquer

 

Bécquer no es un romántico (1836-1870). Es un posromántico.

Será mejor, repasar un poco.

El Romanticismo empieza siendo todo optimismo. Es un canto a la libertad, un final de las cortapisas que la sociedad, la moral, la naturaleza y el dogma imponen a los sujetos.

Fausto se rebela contra la naturaleza, D. Juan contra la moral y los usos sociales. Espronceda va más allá.

Espronceda rompe con todo eso y su “Canción del pirata!, que tantos hemos memorizado, recuerda ese paraíso imaginado de un adolescente precoz en el que aún todo es posible.

En “El estudiante de Salamanca” va más lejos. Su tema del suicidio no deja de ser un tema religioso.

En resumen: Dios llama a su presencia al hombre cuando muere. Le hace morir para hacerle acudir a esa cita obligada. El hombre nada puede hacer contra esa voluntad divina.

En el suicidio, será Dios el que no tenga más remedio que acudir a esa cita a la que el hombre que se da muerte le obliga.

Por algo el suicidio es el gran pecado, es lo que según la fe, impide recibir cristiana sepultura. Sólo la atribución del suicidio a la enfermedad mental, a la locura, ha podido justificarlo.

Es una trasgresión, pero sólo trasgresión cuando se acepta el dogma y la norma.

Estar contra la religión es una postura religiosa, es algo netamente romántico.

Los amores contrariados lo eran por la oposición de la familia o imposición del destino que coloca la muerte entre los amantes. El amor es imposible porque los padres o Dios separan a los que se aman.

Eliminadas ambas barreras, reducidas por la rebeldía o la coincidencia en la muerte, el romántico se enfrenta a la dificultad de vivir sin la familia, recuerden la situación de René o Nanon Lescaut. Se enfrenta, en última instancia, no al amor contrariado sino, simplemente, AL DESAMOR.

¿Qué puede el hombre ante el desamor?

¿Qué valor no hace falta para enfrentarse a él?

¿Qué poder hay que tener para aceptar la impotencia?

 

El romántico aprende que el hombre libre no es todopoderoso: que la libertad no es el poder.


                 

 

 

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