Martina Martínez Tuya

 
 


Paisajes y paisanaje

 

El paisaje no es el entorno, ni eso que llamamos el medio.  El paisaje es una creación de la Estética. Por lo mismo resulta comprensible la importancia que ha tomado a partir del Romanticismo.

Los paisajes no son hijos de la vida, de lo fáctico, de lo objetivo, sino de la contemplación, del distanciamiento.

Pertenecen a la Estética, que es tanto como decir a la vivencia individual, a la sensibilidad. Los paisajes son opinables, dependen del gusto y suscitan sentimientos y vivencias en general que serían absolutamente individuales si no fuera por la propaganda turística.

 Son hijos de la mirada, no de la vista.

 En estos dos libros (1), y en mayor o menor medida hay paisaje, pero hay, sobre todo, paisanos: paisanaje – para unificar un poco los términos y darles esa unidad que evidencia un significado-.

Hay hombres y mujeres y, de forma muy importante, también niños. Todos ellos en su entorno, en su medio. Este entorno, gracias a la mirada del narrador,  se convierte a veces en paisaje.

Ellos, los personajes, son ajenos a él.

Ellos, los personajes, nos obligan – como toda incursión en el mundo del otro – a sentir el lugar como un medio en el que la vida ha de ser posible.

Es, son lugares para la Ética: encuentro siempre con lo bueno y lo malo, con las posibilidades de elección y sus consecuencias.

Los conocemos, a esos hombres y mujeres lo mismo que a los niños, más bien por eso. Por la Ética tanto del grupo como de ellos individualmente.

 Paisanaje, en definitiva, ejemplo de la vida y de la dureza de la vida a pesar de, a veces, tener lugar en paisajes que podríamos – que de hecho consideramos- como maravillosos; de una belleza de elegía bucólica y contrastes de una dureza inusitada muchas veces.

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(1)   CUANDO SOPLA EL ÁBREGO Y EN LA MANCHA Y MÁS ALLÁ , de los que es autora la ponente

                  

 

 

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