Martina Martínez Tuya

 

 

 

El amor-pasión y las heroínas románticas de la novela realista

 

Para entender plenamente el amor-pasión en nuestros días, y aún antes de nuestros días, hay que partir de la evidencia de que, como dice Denis de Rougemont:

El culto del amor pasión se ha democratizado de forma que pierde sus virtudes estéticas y su valor de tragedia espiritual. Queda de él un confuso y difuso sufrimiento.

 El amor-pasión nace con la sociedad caballeresca y actúa en todos los lugares en los que la pasión es soñada como un ideal y no temida como una fiebre maligna: en todos los lugares en los que la fatalidad es requerida, imaginada como una bella y dulce catástrofe y no meramente como una catástrofe.

El mito que lo cobija es la historia de Tristán e Isolda.

 Consiste en esencia en amar sentirse amar. Lo amado es el amor mismo.

Claro que ese amor es en realidad amor a la muerte—una forma de no vivenciar la separatividad.

Es un hecho que el hombre poseído por una pasión se vivencia unido al objeto, sin distancia con respecto a él.

 El amor pasión tiene una de sus formas más depuradas en la Mística, y ahora que se han puesto de moda los Cátaros tiene mucho que ver con aquella Iglesia de Amor que los vinculará con los antiguos druidas, los albigenses y con la mística del próximo y medio Oriente.

San Agustín con su “amar amare” es ya un ejemplo muy explícito. Nuestros místicos del XVI también.

 Está claro que nadie confiesa su amor a la muerte, pero ese amor en Occidente va tomando formas cada vez menos estéticas.

Hoy sería expresión de ese amor el gusto por sentirse en el límite – que a tantos lleva más allá del límite-.

Hoy tiene sus formas más terribles en esos asesinatos de mujeres que, aunque no se diga y ni siquiera se reconozca, no han cometido más delito que haber dejado de ser “la dama” de un cutre caballero, que en realidad es una bestia parda.

Casi no lo identificamos así porque tendemos a la desmemoria. Entre el mito cortés y nosotros también está Sade diciendo: Sólo el asesinato puede traernos la libertad – pero el asesinado de lo que se ama, puesto que eso es lo que nos encadena-.

Tenemos que reconocer que no hay nada más novelesco que el amor desgraciado. Doblemente, si es doblemente desgraciado.

 En eso el amor pasión es doblemente desgraciado siempre, aunque no haya dos amantes desgraciados.

Lo es porque lo que se desea no se tiene y se pierde lo que se tenía: el goce de la vida.

Dice Rougemeont:

 La Hª de la pasión de amor en todas las grandes Literaturas es la degradación del mito cortés.

Son las tentativas cada vez más desesperadas que hace Eros para reemplazar la trascendencia mística por una intensidad emocional.

               

 

 

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