Martina Martínez Tuya

 

 

 

Venimos de los románticos

 

Estos días voy releyendo cosas de los románticos y creo que siguen teniendo las claves de no pocas actitudes  de rebeldía adolescente que lo mismo inciden en la política que en el día a día de muchísima gente. No solo eso. Se produce en la mayoría una fijación en lo que fue la primera época del Romanticismo, en aquella rebeldía que acabó en distintas formas de violencia y en una desilusión generalizada. Se pasó de un optimismo muy poco justificado en la creencia de que libertad significa poder, al desencanto. Se entendía que la libertad era básicamente oposición a la autoridad, fuese la de Dios, la sociedad y su moral o la familia.

No tardaron en comprobar que revueltos contra todo con la libertad como bandera, emancipados de la autoridad tenían que habérselas con la necesidad. Ese encuentro fue terrible, sobre todo porque ese encuentro  tuvo que ser individual, siempre tiene que ser individual.

Ellos creían que los amores contrariados, por ejemplo, lo eran – solo lo podían ser- por la oposición de la familia o porque el destino decidía interponerse entre los amantes. Despreciadas primero, eliminadas después esas dos barreras por la rebeldía o por la muerte, el romántico conoce la dificultad de vivir emancipado y comprueba con verdadera impotencia que el problema al que ha de enfrentarse no es el del amor contrariado, sino simplemente el del desamor.

¿Qué puede hacer el hombre ante el desamor? ¿Qué valor no hace falta para enfrentarse a él, para no culpar al otro ni culparse? ¿Qué poder sobre uno mismo hay que tener para aceptar la impotencia, para no caer en la tentación de usar la fuerza para rendir la voluntad del que nos dice no?

Es un duro aprendizaje ese de reconocer que ser libre no es ser todopoderoso; que la libertad no es el poder.

Esa toma de conciencia es desoladora, tanto que - lo mismo que sucede hoy en no pocos ámbitos- la tentación es la vuelta atrás, la búsqueda de la seguridad y la identidad perdidas. Es un intento desesperado por volver a pertenecer, por reencontrarse en un grupo, por olvidar que se es individuo y por lo mismo responsable.

 

Releo estos días a los románticos porque he de coordinar la lectura de LAS RIMAS  de Bécquer.

Releerlas es un verdadero placer. Es también ser consciente de que en él están ya todos los temas de la poesía contemporánea que no son sino la conciencia dolorida, aunque perfectamente lúcida, de la condición del hombre cuando decide sentirse, cuando se sabe solo, cuando olvida todas las distancias en el amor y tiene después que volver a la soledad.

Los poemas de Bécquer son un tratado de psicología del hombre sin mitos. Nos sorprende en esa forma de lucidez y de sinceridad consigo mismo. Nos sorprende aún más su triunfo en la lucha difícil de decir todo eso en palabras y hacerlo de una manera tan hermosa.

Cada poema es un mundo cerrado en sí mismo. Es perfecto, es autosuficiente para que podamos intuir al poeta en un instante único en el que un sentimiento aflora, se insinúa, colma el ser, barre las distancias. Todo eso, o la ruptura del encantamiento, el momento de la soledad, el dolor del desamor; ese dolor que tan insufrible era para Vicente Alexandre que prefería no amar para no tener que soportarlo.

Con Bécquer, un posromántico desde luego, nos sorprendemos con ese anhelo de fusión total con el amado, con esa pérdida del yo y el tú en un nosotros que solo se podría comprender del todo en un poema.

Este tema ha cambiado desde entonces y tiende siempre a mantener la individualidad, a alcanzar –como decía Saint-Éxupéry- un amor que “no sea mirarse el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección”. También el desamor, el sufrimiento por el desamor del otro tiene otra variante. Apollinaire se duele no de que le hayan abandonado sino de ver junto a la amada cómo se va lentamente su amor, el de los dos.

Harían falta muchos poemas para hacer comprender a más de uno que aunque vengamos del Romanticismo no podemos seguir en él sino buscar a todos aquellos que en el recorrido posterior nos han ido dejando sus huellas en el camino.

¡Certeras y hermosas huellas las de los poetas!

Marzo 2013

 

 

 

 

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