Martina Martínez Tuya

 

 

 

El mundo desencantado

 

Decía Chateaubriand: “el hombre moderno tiene deseos, pero ya no tiene ilusiones”

Es tanto como afirmar que el hombre moderno, a cambio de otras cosas, ha perdido las ilusiones, y esa es una gran pérdida – sobre todo cuando no se es consciente de ella y se persigue el imposible de tenerlas, de procurárselas, de lamentarse creyendo que alguien nos las ha quitado o que pagando un precio alguien puede devolvérnoslas.

Chateaubriand habla del hombre moderno, pero eso algo genérico en sí mismo y un tanto impreciso.

 

Hay un tiempo muy distinto para la incorporación a los momentos de la cultura. Según el lugar, la clase social, la educación recibida, el ámbito en el que se desarrolla la vida se puede estar en tiempos muy distintos -incluso con siglos de diferencia-.

 Se puede, también, estar en un tiempo diferente según para qué cosas.

Hay quien quiere adelantarse al tiempo en que vive y hay quien quisiera parar todos los relojes y acabar con el calendario para no saber en qué tiempo real está y poder tener la ilusión de vivir en el que ha elegido. Hay quien quiere todo eso pero para unas cosas sí y para otras no. No faltan los que creen que quieren el futuro, cuando en realidad sólo quieren el pasado con la cara lavada, o con otra cara.

Los más, pueden tener todas esas contradicciones sin darse realmente cuenta de ello.

Pasan siglos antes de que las ideas, las condiciones de un paso dado en la concepción del mundo y de la vida salten desde las elites bienpensantes hasta ese común que solemos denominar como gente, como la mayoría de la gente. Casi siempre lo hacen, además, de forma mediatizada por la técnica, los cambios económicos, los desastres que muchas contradicciones – que no alcanzan a comprender- han ido generando.

 

Ese hombre moderno de Chateaubriand que había perdido las ilusiones no es alguien del pasado en lo que a la gente en general se refiere. No se sitúa en el prerromanticismo del autor de El genio del Cristianismo, sino que puede ser el hombre de hoy, la mujer de hoy, el joven de hoy.

Haríamos bien en leer a los que en su momento asistieron a uno de los muchos giros importantes en la historia de la humanidad y dieron cuenta de ello. Podrían ayudarnos a comprender; y muchas veces aliviarían la tensión de nuestras vidas- provocada con frecuencia por el intento inútil de perseguir no pocos imposibles-.

 

Ha sido la técnica la que a los más nos ha colocado de lleno en ese mundo “moderno” que había iniciado su andadura allá por el siglo XVI.

Hemos sido una sociedad que con frecuencia se ha resistido a entrar en la modernidad, que otras veces no ha tenido la oportunidad de hacerlo.

 

El cambio, el gran cambio que ha afectado a todo el mundo en general y que ha supuesto un movimiento de ascenso social sin precedentes - y que parecía que no tendría límites ni otras consecuencias-, es relativamente reciente.

Empezó más o menos con mi generación. Mi generación fue la de la satisfacción por encontrarse en la modernidad; es la que ha representado más que ninguna otra esa conciencia de que lo moderno era – indiscutiblemente- lo mejor, sin más. Sé que más de uno me replicaría que eso ya lo dijo uno, dos o tres siglos antes tal filósofo, tal pedagogo o tal escritor. De acuerdo, pero yo no me refiero a los que van abriendo camino a la humanidad, sino a esa humanidad que camina como puede, sin saber  demasiado incluso si camina. Me refiero a la gente del común, como se decía, del montón: la gente, uno cualquiera.

 

Éramos niños cuando se abría paso en la gran mayoría la idea de que los niños eran algo valioso en sí mismo, algo que había que cuidar, que mimar, que mantener sin esperar nada a cambio. El trabajo infantil – general en las clases populares hasta entonces- empezó a ser algo poco común y bastante mal visto salvo que mediara una necesidad básica en la familia. Toda una generación de padres se sacrificó por sus hijos, empezando por procurar tener pocos para poder atenderlos debidamente.

Fuimos esos niños y adolescentes que pronto supieron más que sus padres, que les fue reconocido ese saber.

Fuimos profesionales a los que se dio un plus de dominio de sus profesiones justamente por ser jóvenes. La tradición empezó a ser sospechosa. La vejez también.

Somos una generación que ha conocido grandes cambios en la vida, en nuestras vidas.

Fuimos los más a la hora de acceder a ese mundo maravilloso de la radio. Hasta nosotros la radio había sido algo muy restringido, limitado a muy poca gente. La radio nos trajo la música a casa. Todo el mundo pudo oír un gran concierto, una ópera. Nos trajo aquel teatro radiofónico que acercó las grandes obras a mucha gente. Trajo otras cosas: el ruido en los patios, los seriales, la publicidad.

Nos sentamos maravillados ante las primeras televisiones. Era el cine, los espectáculos en casa, en el bar, allí al alcance de todos. Eso y más publicidad, mejor publicidad, más directa, más encanallada a menudo.

Tuvimos teléfono, ese lujo al que casi no habíamos pensado en aspirar. ¡Nunca se había hablado tanto del tiempo entre familiares y amigos!

Empezamos a viajar, a ir de acá para allá; no a algo, sino por ir, por ver, por conocer, por distraernos.

Hemos disfrutado de otras muchas cosas que pueden parecer menos llamativas pero que han sido más importantes si cabe.

A la mujer, al ama de casa, no la han liberado de la esclavitud cotidiana las feministas, sino el butano y la olla exprés. En su ayuda llegó la nevera: primero de aquellas que había que ponerles hielo y poco después el frigorífico.

Conocimos las primeras lavadoras y luego- enseguida- las automáticas.

Dejamos de ponernos de rodillas gracias a la fregona.

Tenemos que hacer un verdadero esfuerzo para recordar que hemos vivido en un mundo sin plástico, que no había tergal, ni detergentes, ni pañales para los niños y para los no niños, ni compresas que aliviaran la vida de la mayoría de las mujeres.

¿Cuántas más cosas – grandes y pequeñas- han cambiado en muy poco tiempo nuestras vidas?

 

 Más y más cosas hemos compartido con los que son nuestros hijos y ahora con nuestros nietos, pero no es lo mismo. Aquel tiempo fue la eclosión, la gran eclosión.

 La ciencia, que había dado paso al mundo moderno desde el siglo XVI, había ido transformando la realidad poco a poco. La técnica desbocó su carrera en el siglo XX y se impuso en la vida cotidiana de todo el mundo.

 

La técnica nos metía, nos iba metiendo solapadamente en su mundo descreído.

La técnica dinamitó las costumbres, las tradiciones, los usos, los oficios, los tiempos. Desnaturalizó los ritos y convirtió en mascaradas los rituales. Sin darnos cuenta, la modernidad nos fue dejando sin sabiduría.

Todo fue, poco a poco, confiado los Expertos.

La tecnología nos dio la puntilla.

 

Henos aquí, corriendo para no perder el ritmo, indefensos, más incompetentes, menos autónomos y con menos autoestima.

 

La gran tragedia de los adultos es que hay demasiadas cosas que no sabemos. Tampoco alcanzamos ya a comprender demasiado bien por dónde va la vida. Lo peor: nos avergonzamos de lo que sí sabemos.

Con este panorama no hay quien tenga una ilusión y sin una ilusión no hay proyecto que aguante. Tenemos deseos, pero, sin ilusiones no hay manera de articularlos, de hacer un plan para realmente satisfacerlos. Falta, además y con demasiada frecuencia, la valentía de entregarnos a la acción.

Todo es puntual, pulsátil, devorador de lo anterior, más o menos intenso pero siempre aislado: un destello que es a nuestra hambre de ser como un aperitivo. Ni sacia, ni tiene continuidad, pero abre más el apetito.

Y por si fuera poco, nunca como ahora ha habido tantos vendedores de ilusiones

 

Mal camino llevará el que crea que alguien, que algo va a curar su enfermedad de hombre moderno.

Somos enfermos crónicos. Más vale que lo reconozcamos y que nos apliquemos en el difícil arte de hacer la vida llevadera buscando intereses cuyos objetivos nos sean asequibles y no tengan más medida que nosotros mismos.

No tiene sentido que suframos la enfermedad, las consecuencias de no aceptarla y los efectos devastadores de las medicinas que sólo pueden empeorarla.

Primero será rebobinar para comprender lo más que se pueda. Pero cuidado: comprender no es resolver, sólo es saber, sentir y estar en condiciones de evitar el dolor innecesario.

 

Lo más sensato es aprovechar todo lo que nos ofrecen estos tiempos modernos con discernimiento y sin idolatría.

¡Terrible la idolatría del progreso! ¡Con qué facilidad el progreso se queda en lo progre!

 

Hasta puede que consigamos volver a tender puentes entre nuestra generación y las que nos siguen, – sin olvidar a las que nos han precedido-.

Los jóvenes, a veces, fanfarronean, pero están en nuestro mismo barco y tan perdidos -al menos- como nosotros.  

 

 

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