Martina Martínez Tuya

 

 

 

La Literatura y los viajes

 

 La Literatura es la gran viajera: es nuestra mejor compañera de viaje.

Nos quieren cautivar con las fotos más deslumbrantes, con las fotos del día mejor de cualquier sitio, pero ese día de excepción, ese enfoque agradecido no es el lugar, no es su pulso. Hacemos kilómetros, a veces con rodeos que nos pierden, para llegar a una playa como cientos de playas, a una ciudad que recorreremos en un autobús cerrado y del que no nos bajaremos más que para encontrarnos con otros turistas delante de una catedral, en la puerta de un museo, en ese lugar que las postales repiten y que todo el mundo ha visto.

En las visitas guiadas por las grandes ciudades europeas, esas visitas que están casi limitadas a ver los monumentos, se puede tener la impresión de que Europa está habitada mayoritariamente por japoneses que van de un lado para otro disparando sus cámaras como poseídos por un extraño fervor.

  

Viajar, viajar. Salir, ir lejos, volver. Ver, ver, ver.

Hoy los viajes se han convertido en un consumo más, en algo que entra en la rueda del cuanto más mejor, cuanto más lejos mejor. Una industria sirve a ese objetivo de procurar lo que, en realidad, más que un viaje es un desplazamiento, múltiples desplazamientos apresurados y con frecuencia incomprensibles. Monumentos, guías, historias de reyes o de plebeyos. Palabras para describir lo que estamos viendo.

Viajes sin sorpresas. La misma gente de siempre, o al menos la misma gente en el mismo autocar desde la salida al regreso. Algo más personal: las compras en las tiendas para turistas, en los aeropuertos, en los hoteles. Todo pautado, todo organizado, todo asegurado. Comidas, las adaptadas a los de cada país, me refiero a los visitantes – algo así como las paellas que se comen en la Costa-.

 

Los viajeros, los verdaderos viajeros, nos han dejado sus relatos. Ellos marchaban lejos, dejaban sus lugares para intentar ampliar el conocimiento de otras gentes, de otros sitios. Intentaban captar su esencia, eso que podría definirlos como diferentes y no simplemente distintos. Los lugares a visitar eran lugares imaginados, referidos por otros. No es extraño que los viajeros, esos que han merecido el nombre de tales, hayan sido mayoritariamente los románticos. En ellos confluye la necesidad de la fuga, y el deseo de nuevos encuentros.

Viajar es ir al encuentro de esos lugares que se conocen como marcos de historias contadas, como decorados de una Literatura que se aprecia y que quedarían enriquecidos con la propia experiencia, con la cercanía  de aquello que había inspirado un texto que nos había hecho imaginar un mundo, sentirlo, emocionarnos con él.

¿Qué hemos buscado en Paris? ¿Qué buscábamos en Paris?

Páginas y páginas de Víctor Hugo, de Zola. Veíamos el Sena y pensábamos en Apollinaire, en su hermoso poema “ Sous le pont Mirabeau”. En él, en Proust, en Colette y en tantos otros.

En Paris buscábamos el eco de aquellos acordeones que aún parecen sonar, o que queremos que suenen, en el reverbero de los faroles que siguen el río, que iluminan los puentes  en las madrugadas insomnes.

Buscábamos un encuentro, un pulso en alguna esquina, una aventura llegado el caso.

Paris, para los estudiantes de mi generación, no era la torre Eiffel, ni Nôtre Dame. Era la música sotovoce de Aznavour, de Brell, la voz inconfundible de Edith Piaf.

Ir a Paris era ir al encuentro de todo eso. Era buscarlo, imaginarle un pasado en los museos. Ir a Paris era una ilusión largo tiempo elaborada, disfrutada. Ir a Paris era el deseo de hablar con la gente, de perderse en las calles, en los boulevares, de encontrar un libro en los bouquinistes, de acabar tomando un café en La Coupole.

Paris ya no es lo mismo, pero para nosotros sigue siendo un lugar de encuentro. Una y otra vez podemos visitar los mismos sitios y los viviremos de nuevo cargados de otras llamadas, de otras emociones, de todo aquello que sobre la vida de nuestra juventud han depositado la experiencia, las nuevas lecturas y las vueltas  sucesivas a los recuerdos.

Es sólo un ejemplo, una situación que puede repetirse en Londres, en Nueva York , en Singapur o en Villanueva de Abajo.

 

Antes de viajar hay que leer, hay que aprender muchas cosas. Hay que saber lo que buscamos y también qué es lo que podríamos encontrar y el sentido que tendríamos que dar a cada encuentro.

Se dice que estamos en el mundo de la imagen y en esto de los viajes acaba siendo más verdad que en otras muchas cosas.

La imagen tiene la máxima inmediatez. Es puntual. Surge y se extingue  con cada parpadeo. Necesita de un interés que la integre; necesita – en definitiva – de otros sentidos para que podamos pasar del flash repetido y diverso al lugar, para que consigamos apropiárnoslo, hacerlo nuestro.

Los lugares se visitaban, deberían seguir visitándose, por lo que puedan tener de facilitadores de emociones, de proveedores de vivencias que dejen un poso que pueda ser evocado.

Hoy, los viajes son – como mucho- un destino.

Viajamos en vehículos herméticos. Perdemos el olor de los lugares por los que vamos pasando. Ya no sabemos cómo despierta el campo, - cada campo-, ni qué nos trae la brisa que recorre el alba en la llanura, en la montaña reseca, en el valle verde, la colina de olorosas o la orilla del mar. Ya no podemos sentir ese frescor que vivifica después de una noche de insomnio o un día caluroso. Invierno y verano son sólo colores, luces.

¿Han conocido alguna vez el silencio de un paisaje nevado que se recorre, la suavidad de su frío, el ruido del coche cuando va haciendo saltar diminutas esquirlas de hielo?

¿Saben cómo huele el monte cuando parece seco al final del verano y lo humedece la brisa del atardecer o la de la mañana?

¿Han ido subiendo desde La Robla a Pajares, lentamente, girando una y otra vez mientras el sol va llegando a los pinos y entra en el coche un olor mezclado de hierba mojada y resina?

¿Han cruzado en el Portillo, traqueteante y viejo, desde Cártama estación a Cártama pueblo oliendo a azahar y olvidando el gasoil quemado y rancio que les perseguía desde que subieron al autobús?

 

Los viajes son para recorrer lugares que tienen olor, sensaciones de humedad, mezclas increíbles en las que la luz, los colores, las formas, lo visto y lo sentido, el pasado y el presente se hacen uno en esa sensación irrepetible que puede durar sólo un instante, pero que conservaremos disponible para siempre. El olor está agarrado a las piedras, a la tierra, a los cielos nublados o limpios. Será el que nos permita evocarlos, sentirlos, revivirlos con sólo percibir algo parecido. Nuestro mundo será un mundo de encuentros de una riqueza insospechada si de cada lugar, no importa si sólo pasamos por él o si nos quedamos algún tiempo allí, guardamos esas experiencias.

La Literatura nos permite conocer cómo y donde han vivido otras gentes, nos dice qué es y cuándo lo que vivieron fue realmente “su vida”.

Viajar es ir al encuentro. Ir al encuentro de algo que ya está de alguna forma en la imaginación, en el deseo, en el pálpito que nos anuncia una emoción, unas sensaciones. El viaje es un mundo a descubrir en esos detalles que nunca podrán ser contados, pero que si un autor intenta darlos a conocer permitirán a otros descubrirlos haciéndolos propios.

 

Eso ha sido viajar. Hacer turismo es otra cosa. Cambiar de país o de ciudad es, también, algo distinto. No hay que confundir viajar con desplazarse, con ir y venir. Viajar es ir en busca de otras gentes o de sus huellas.

La Literatura es la gran viajera, puede ser, también, nuestra compañera de viaje. Es la mejor guía. La Literatura nos permite viajar al mejor precio y hace rentable hasta el más pequeño desplazamiento.

 

 

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