Martina Martínez Tuya

 

 

 

La casa de los espíritus

 

El éxito de La casa de los espíritus cuando se publicó en 1982 hizo que a su autora - Isabel Allende- se la reconociera entre los narradores hispanoamericanos que en los 60 y los 70 pusieron de moda el realismo mágico.

Ella sería, dadas las fechas, la heredera de ese realismo mágico, de la misma forma que otros fueron los precursores. Borges ya habla en 1930 de un realismo fantástico, por ejemplo.

Mágico o fantástico ese realismo responde a la necesidad de hacer una síntesis de la realidad con la fantasía y la magia propia de los indígenas de Hispanoamérica. Síntesis que está incorporada de hecho a la vida cotidiana de las gentes que constituyen la base narrativa de los autores del boon de la novela hispanoamericana de la segunda mitad del siglo XX. Se trata de una forma de literatura experimental – más en la intención que en la forma misma- que busca los ambientes más duros y la marginalidad social. Ambientes ajenos a la cultura académica y desde luego racionalista y científico-tecnológica.

En unas sociedades en las que la religión católica ya se vivía bajo distintas formas de sincretismo en las predominaba la magia, incluso de magia negra, así como las prácticas curativas propias de los pueblos indígenas, el culto a la muerte y a los espíritus estaban incorporados en un todo junto con la realidad.

No existe el humor, ni en la vida de las gentes ni en las novelas, y es esa ausencia de desdoblamiento y de distancia que el humor implica lo que mantiene  más alejada esta narrativa de la que podríamos considerar europea.

 

En La casa de los espíritus no encontramos todas las características del realismo mágico. Entre otras razones porque la historia está centrada en la vida de una familia a lo largo de cuatro generaciones, una familia de lo que en la obra se considera la burguesía – aunque habría quizá que hacer a esa afirmación no pocas precisiones-. Se trata de una familia vertebrada por las mujeres – cuatro mujeres-, aunque sea un hombre el que hace posible que puedan llevar el tipo de vida que se describe – incluía su singularidad y las veleidades de todas ellas-.

El relato tiene dos narradores. El senador Trueba y su nieta Alba. El peso sin embargo lo llevan las anotaciones que Clara – personaje central y estructurador de la novela- dejó en sus cuadernos para anotar la vida y de los que se sirve su nieta Alba para narrar todo lo anterior a su propia experiencia.

A pesar de que la obra empieza y termina con la misma frase: Barrabás llegó a la familia por vía marítima, esta no es en absoluto una novela circular, sino una novela perfectamente lineal con una cronología que puede seguirse sin dificultad y una delimitación clara entre lo recordado, lo evocado, lo vivido en el momento, incluso el futuro sospechado, entrevisto o claramente adivinado.

Clara, la hija menor de la familia Del Valle, que se consideraba liberal,  empieza a escribir sus cuadernos de anotar la vida cuando era una niña y se aficionó a la escritura durante los nueve años que permaneció muda – después de haber visto hacer la autopsia a su hermana Rosa y la profanación posterior que hizo el ayudante del doctor-.

No volvió a hablar hasta que no hizo el anuncio de su boda – que nada podía predecir- con Esteban Trueba, que había sido el prometido de su hermana Rosa, de gracia marítima, como se dice en el texto. Un ángel, como decía la gente con la piel blanquísima, el pelo verde y los ojos amarillos.

Los Del Valle eran una familia acomodada con muchos hijos, muchos criados y la Nana, que los acunó a todos y que traía a la casa ese mundo mágico que habitaba en el pueblo y que todos vivían sin sorprenderse.

Lo novedoso en esta novela es el ambiente en que se desenvuelven los personajes y el reflejo que en él tiene el intento – común en la época entre las clases altas que presumían de librepensadoras- de encontrar una religión laica, una forma de cosmovisión alejada tanto de la religión católica como del mundo mágico indígena que, en claro sincretismo con la religión, era el que profesaban las clases bajas: los campesinos, los criados domésticos y los cada vez más numerosos obreros.

Clara vive antes de casarse en una de esas familias burguesas que va a misa los domingos, pero que creen en las premoniciones de los sueños, en la predestinación, en otras cuestiones vinculadas más o menos directamente con el espiritismo – muy extendido entre las clases altas de entonces-.

En Chile se hizo una traducción del libro de Allan Kardec en 1862, El libro de los espíritus, y a pesar de la inmediata prohibición de su lectura por parte de la iglesia, tuvo un enorme éxito. En 1872 ya había en Santiago un círculo espiritista.

Espiritismo y masonería anduvieron cerca, más de una vez juntos, pues ambos pretendían consolidar una liturgia laica con la que querían instruir a los obreros, que empezaban a ser muy importantes en la economía.

Cuando el espiritismo pasó la fase del movimiento de las mesas y de la escritura a base de signos y de movimientos con un cestito al que iba unido un lapicero que era el que escribía los mensajes, se impuso la figura del médium. Uno de los primeros en Chile fue el masón Jacinto Chacón.

Nada tiene que ver el espiritismo con los espíritus de origen indígena y popular. Se trata de una formulación perfectamente estructurada que desde la teoría de las ideas de Platón y la reencarnación con el objetivo de conseguir un perfeccionamiento progresivo, va justificando la vida y la muerte, dando sentido a una ética y haciendo posible, los espiritistas así lo creen, la comunicación entre los vivos y los espíritus de los muertos.

Al final del libro Alba, la nieta de Clara y narradora principal, nos ofrece una declaración de principios en la que el determinismo del destino, el sentido cíclico de la existencia y otras cuestiones que representan una heterodoxia en cuanto al espiritismo mismo y que conforman su idiosincrasia.

Tanto los espiritistas como los masones tienen sumo interés en extender sus creencias y ambos coinciden en un momento determinado en considerar el esperanto como lengua vehicular para su expansión.

Clara está sin duda en contacto con ese espiritismo, ella misma practica el movimiento de las mesas, toca el piano desde lejos, se rodea de gentes variopintas que comparten sus experiencias y en las que las premoniciones, los sueños y distintas creencias y prácticas más o menos orientalistas son lecturas menos racionalistas que las del espiritismo ortodoxo, pero igualmente un recurso de huída de la realidad sin recurrir al mundo mágico de origen indígena.

Estas conexiones explicarían el interés de Clara por que en las escuelas se enseñe el esperanto en lugar del francés o el inglés. Era en esperanto y en español como los espíritus marcaban sus mensajes sobre un alfabeto por medio de los movimientos de un péndulo- se puede leer en el libro-. Su interés la llevaba a escribir cartas a los embajadores de las potencias angloparlantes y a los ministros de Educación.

Para ella el francés y el inglés eran lenguas de marineros, mercachifles y usureros.

El interés  por el esperanto debió de ser algo vivo en la familia porque Alba, la nieta de Clara, cuando iba a ingresar en un colegio de formación británica fue instada por su madre, entre otras cosas, a que no hablara a las maestras de las ventajas del esperanto sobre la lengua inglesa.

Siempre es interesante rastrear una idea cuando entra en contacto con otras o con una creencia y lo hace de una forma parcial y sin una verdadera conciencia por parte de quien se la apropia y la incluye en una constelación de creencias, ritos, mitos y restos de un montón de naufragios.

La casa de los espíritus es un libro sumamente interesante que bien merecería un comentario mucho más amplio.

Abril 2013

 

 

 

 

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