Martina Martínez Tuya

 

 

Grandes medios y extraños fines

 

Se nos ha abierto el mundo de internet. Un mundo infinito de comunicación planetaria.

Ya no hay fronteras para la información, para la comunicación, para el exhibicionismo, para buscar, para intentar encontrar todo aquello que podría presentarse como objeto de nuestro deseo.

Ningún medio ha gozado de tanto interés por parte de los políticos ni de los distintos agentes sociales en el intento de que llegue a todos, a los más posible: niños, adultos, ancianos. No se ha conocido un impulso semejante ni, por supuesto, una financiación equiparable.

El teléfono, por ejemplo, hubo que pedirlo y Dios sabe lo que costó durante años hacerse con una línea. Tanto, que a muchos lugares ha llegado antes el móvil que el convencional – incluso para utilizarlo como base de conexión a internet.

 

Hablo de internet por ser el medio de comunicación, pero su base informática, el ordenador, los ordenadores y sus parientes las consolas con sus juegos, se han convertido – además- en una forma de ocio que mueve millones, y se comprende. No sólo son compatibles con la soledad sino también con la necesidad de aliviar esa soledad.

 

De la misma forma que los libros fueron durante siglos el objeto privilegiado de los ociosos y, - para su dicha-, en ellos encontraron la manera de vivir en la poesía, en la novela, en el teatro esa vida que les estaba vetada, que nunca vivirían en la realidad, hoy Internet y el mundo virtual  procuran a muchísima gente una forma fácil de ocupar sus vidas o buena parte de ellas.

Hoy, la ociosidad, en tiempo disponible, ha alcanzado una dimensión impensable hasta hace poco. La necesidad de llenar ese tiempo va unida a la de encontrar una manera de salvar las distancias cada vez mayores entre el yo y los otros. El yo y la vida que ese yo desea- pero que sabe inalcanzable- han encontrado respuesta en el mundo virtual.

 

Lo mismo que D. Quijote huyó de su vida de hidalgo pobre en un pueblo de La Mancha, y huyó tanto, y tantas veces, y hasta tan lejos que ya no pudo regresar hasta que la muerte cercana le devolvió la cordura, así, buscan tantas almas solitarias y aburridas un sentido a sus vidas o una droga que las libere de cargar con la grisura de su existencia.

Todo hace pensar que el futuro de ese mundo virtual es prometedor. Todo hace pensar que serán muchos – son ya muchos- los que como D.Quijote van saltando esa línea apenas perceptible que separa lo pensado, lo deseado o lo soñado de la realidad de lo vivido. La tecnología hace posible que sea ese mismo ser humano que huye  quien tenga que fijar los límites y se mantenga en ellos. Tendría que empezar por ser consciente de que ha de fijarlos.

No porque parezca que el gris azulado del mar y el del cielo se confunden, han desaparecido las distancias entre ellos; se ha borrado en la realidad la línea del horizonte, se han juntado mar y cielo en un continuo por el que podríamos transitar hasta el infinito.

Ese es el peligro de lo virtual, como lo fue, como lo es siempre, la línea que separa lo imaginado y lo vivido.

Querer vivir a toda costa lo imaginado es el principio de la confusión; es el inicio del fin de las fronteras, el riesgo del salto al vacío.

D. Quijote salió en busca de aventuras como los héroes de sus novelas de caballerías. Salió mal pertrechado, ni siquiera como ellos. Llevaba un mal remedo de sus armas, de sus ropas, de sus recursos. Salió en busca de aventuras con dos siglos de retraso, cuando el mundo del que los caballeros habían surgido hacía tiempo que no existía.

¿De qué mundo están enamorados los que juegan en las consolas partidas en las que sólo la fuerza – virtual, eso sí- decide la victoria?

No importa cuál sea el atuendo de los contendientes, o el marco y los efectos especiales que den intensidad y emoción al campo de batalla; esos mundos  ya no existen, esos mundos han dejado de ser los que configuran la realidad que aquí y ahora nos cobija y lo que queda de ellos – cuando queda algo- es siempre disfuncional.

 

Este mundo de hoy, esta realidad a muchos no les gusta y huyen. Lo de ellos no es una simple forma de llenar, de cubrir el tiempo de ocio. Lo de ellos es una huída hacia otro mundo, hacia uno en el que creen que podrían ser alguien y olvidar así la conciencia del hombre de hoy. Alain Robbe-Grillet la ha definido con una frase que siempre les parecerá aterradora: “Soy una casi nada que mira el mar”.

¿Qué mundo añoran los que buscan el amor en el chat, en ese mercado de sentimientos disponibles, de almas deseantes que no encuentran en su entorno UN OTRO al que dirigir su deseo?

Parecen desconocer el mundo confuso de la pasión; lo quieren, sin embargo, en la irrealidad del deseo, pero imaginan que es posible y que estará ahí para ellos sin la carga abrumadora de destrucción y muerte que guarda en sus entrañas.

Lo imaginan con los trajes del amor romántico y no se conforman con vivirlo en la imaginación. Lo quieren real y como no llega, parten como D. Quijote sin más armas que la entrega a una necesidad si objeto definido.

También tendrían horror de Proust cuando afirmaba que el amor está en nosotros y no en el otro, que es una simple excusa para amar. Yo añadiría: una excusa para vivir un amor simplemente ansiado sin miedo a la locura.

 Es fácil ofrecer mundos virtuales, conseguir que el tiempo que no encuentra forma de consumirse o la soledad  entren en sus juegos; el riesgo es que nos quedemos atrapados en sus redes.

Quizá D. Quijote no hubiera enloquecido si su biblioteca hubiera sido más variada o si hubiera mirado a su alrededor tan atentamente como para darse cuenta de que amanecer y llegar a la noche es ya una peligrosa aventura.

 

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