Martina Martínez Tuya

 

 

¿Qué esperar de la Universidad?

  

Si hay un término del que se ha abusado, y no siempre desde la inocencia, es del de Universidad.

No cabe duda de que muchos quieren engancharse a su prestigio, o al menos al prestigio que se le supone. Empieza por ser un poco extraño cuando, precisamente, la Universidad como otras muchas instituciones se siente con frecuencia obligada a pedir disculpas por serlo, a intentar el juego difícil de mantener su elitismo “pero sin que se note demasiado”. Claro que ese es otro tema, interesante sin duda, pero no es mi tema en este momento.

Hemos tenido Universidades Laborales y no he dejado de preguntarme por qué a esos centros tenían que llamarles Universidades. Vienen de lejos – aunque en lo que es el discurso histórico no demasiado-. Hemos tenido, tenemos aún, Universidades Populares ¿Qué quieren ocultar con el término Universidad? ¿Qué comparten con la vieja institución?

No diré nada de ese afán relativamente reciente de hacer de todo tipo de estudios “estudios universitarios”.

 Más modernas son las Universidades de Mayores, y desde luego con grandes diferencias con respecto a las otras. Esta vez los cursos para los mayores están administrativamente dentro de la Universidad, son impartidos en sus locales y por profesores universitarios, pero no nos engañemos, ¿son realmente la Universidad?

Habría primero que intentar saber qué es la Universidad, qué tienen de distinto los estudios que en ella se realizan de cualesquiera otros.

Yo voy a ser un poco malévola ¿Lo asimilado a la Universidad lo ha sido porque hemos desdibujado al máximo el carácter de la tradicionalmente prestigiosa institución? Siempre me ronda esta pregunta.

 En mis años de estudiante en la Universidad Complutense tuve un profesor que se pasó casi un trimestre dándole vueltas a los términos Universidad y Universal.

En aquella época se daba mucha importancia al tema de los Fundamentos de las distintas materias. Se le daba importancia, pero en el caso de aquel profesor los alumnos creíamos que se pasaba ampliamente. Sobre todo porque era un profesor de Didáctica General y no nos parecía que todas aquellas disquisiciones tuvieran demasiado que ver con el resto del programa.

Sin embargo, al recordar hoy aquellas clases me doy cuenta de que es en ese poso que deja lo aprendido, cuando sobre ello ha pasado el tiempo y la desmemoria, donde está la diferencia entre unos estudios y otros, entre lo aprendido en el Instituto y lo aprendido, o que debiera aprenderse, en la Universidad.

Ya sé que estos no son tiempos de Fundamentos, que hoy la opción es “técnica” y si me apuran “práctica”. También que las disquisiciones han sido sustituidas por los apuntes al dictado, el copieteo despiadado de textos o fragmentos de los mismos, la memorización y la insistencia en opciones parciales que el alumno no puede valorar por carecer de criterios y de conocimientos suficientes.

No es que aquella Universidad no apuntara maneras hacia lo que ha llegado a ser, pero también es cierto que más de una clase magistral – realmente magistral- podía abrir caminos que luego hemos transitado durante años y nos han permitido abrir otros, encontrar la manera de buscar rutas distintas allí donde parecía que seguir caminando sería imposible.

Recuerdo claramente que el fondo de toda aquella larga explicación de mi profesor giraba en torno a un movimiento constante entre lo “uno”, que viene a ser lo concreto, lo real, lo existente, lo dado, lo que es mi percepción y mi conciencia y “todo lo demás”. En ese todo lo demás situamos lo diverso, lo inalcanzable, lo incomprensible, lo no apropiable, lo no manejable.

La relación entre ambos es objetivamente imposible. Sin embargo, todo conocimiento es un intento de hacerla viable.

En el mito, en los saberes de la tradición, en lo que se queda en lo técnico, en lo que presume de “científico” sin que lo sea realmente existe la seguridad no sólo de que esa relación es objetivamente posible sino que es – además- inalterable, única. Claro que ninguno de estos saberes tiene cabida en la Universidad más allá del interés por conocerlos y descubrir las causas de su limitación y su afán de permanencia.

En la Universidad se aprende a ir y venir de lo que es real, uno y único, a esos “universales” que sabemos entes de razón sin una verdadera existencia más allá de la de objetos mentales. Su valor está en que son nuestra única posibilidad de comprensión de la realidad plural y objetiva aunque haya que olvidarse de todo valor absoluto. La realidad siempre será imprevisible y escapará a toda formulación unívoca.

 En la Universidad se debe aprender el valor del conocimiento y también que la verdad es, según nos dijo Nietzsche, “una falsedad necesaria”. Será el lugar para el optimismo y también para aceptar todas las limitaciones sin por ello renunciar a seguir sabiendo, a seguir el paso titubeante de la Ciencia y de las Humanidades.

No importa lo que se estudie, aunque bien es cierto que cada vez se estudian cosas más peregrinas y a las que se les da un valor que cuesta trabajo creer que lo tienen. Lo irrenunciable es la conciencia del valor real- más como medio que como fin-, del sentido de los estudios.

Cuando la Universidad ha acogido a los mayores, cuando les oferta una posibilidad de formación en esa etapa de la vida en la que el tiempo libre puede ser amplio y estar abierto a un saber no mediatizado por la necesidad de responder a un trabajo, sería muy lamentable que olvidara la esencia misma de lo que debe ser.

Se llega a mayor cuando hacen más falta que nunca las grandes síntesis, los caminos transitables para entender la realidad que nos desborda, las contradicciones entre los lugares aprendidos en una formación ya muy lejana y el mundo que se nos hace explícito en el abandono de la acción profesional o de las tareas que implicaba la vida familiar.

Hoy, además, ese mundo a intentar entender y en el que conseguir interactuar ha desbordado también a las generaciones más jóvenes.

Los mayores podremos, puesto que tenemos más tiempo y desde luego más circunstancias vividas, transformar ambas cosas en una verdadera experiencia, en eso que es propio de la Universidad y que viene a llamarse praxis. No hay que confundirlo con la práctica. En la praxis tienen que confluir el conocimiento de lo concreto y la acción con la teoría al más alto nivel abstracto.

 Ya sé que todo esto parece un tanto complicado. No digo que sea sencillo, pero sí debería ser posible – aunque siempre, no faltaba más, aceptando lo relativo tanto con respecto a las posibilidades de cada uno como de lo que haya sido su trayectoria profesional y personal-. Sería imposible si el mayor no consigue deshacerse de su alma “acostumbrada”, como decía Paul Claudel, llena de falsas seguridades y saberes monolíticos. Será igualmente imposible si la Universidad hace dejación de sus responsabilidades en lo que a la exclusividad de su tipo de conocimiento se refiere.

 Es importante que cada uno sepa a qué puede aspirar, qué ha de empeñar en ello y en qué medida la Universidad ha de responder a su demanda.

 

“Madurez activa”

FADAUM SEPTIEMBRE 2009

 

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