Martina Martínez Tuya

 

 

 

Clubes de lectura en la encrucijada

 

Se están poniendo de moda los CLUBES DE LECTURA y, como todo lo que en un momento dado empieza a proliferar sin mayor justificación, resulta un poco inquietante.  Ese súbito interés por la lectura en un país que siempre ha leído poco, que ha tenido y tiene una escuela en la que no puede decirse que la lectura sea una prioridad ni los resultados un éxito – no hay más que ver cómo ha salido la última evaluación internacional sobre lectura hecha a alumnos de cuarto de primaria-, tiene algo de  insólito. Podemos preguntarnos, yo me pregunto:

¿Habrán caído los clubes de lectura en las garras del consumismo?

Lipovestky  hace un estudio minucioso sobre consumismo en su obra La felicidad paradójica y deja bien claro que estamos en lo que él llama la III fase del consumismo. Ya no se trata de consumir objetos, ni de hacerlo con un objetivo identitario. Eso persiste, pero es residual. Ahora consumimos, con el mismo espíritu eso sí, bienes culturales y salud, entre otras cosas no consumibles.

Lo que no ha cambiado es la manera, la forma de consumir. Una forma que conlleva una compulsión que no satisface, que no dura más allá del acto rápido de consumir y que de inmediato necesita algo nuevo para fagocitarlo de igual manera. Es una forma de consumir que está siempre llena de insatisfacción, cuando no de decepción pura y dura.

Leyendo el libro – algo que he hecho recientemente- he pasado revista de manera concreta al consumo cultural. He pasado revista a la lectura y la forma cómo se entiende y la elección que se hace de lo que se lee.

Yo doy conferencias a menudo y puedo decir que mi público atiende y dice entender, pero soy plenamente consciente de que para la mayoría es difícil ir más allá del rato entretenido y agradable que le procuran mis palabras. Me dirán que ya es mucho, que es mucho más de lo que consiguen no pocos conferenciantes, pero sin duda esas personas que cada día miran a ver qué conferencias hay, dónde, a qué hora - sin casi pensar en el tema concreto, más allá de que el título les llame la atención o que el prestigio preceda al conferenciante,- consumen cultura de una forma un tanto peculiar.

No sucede algo distinto con la lectura. Sólo se venden en cantidad esos libros que hemos dado en llamar best sellers. Ocupan el tiempo, entretienen, hacen sentir, emocionan incluso pero todo de la misma forma que los reality de la televisión.

Un poco de exotismo se percibe como la novedad, como lo otro, como un descubrimiento sin hacer ninguna otra consideración. Se cierra un libro y hay que abrir otro, y otro, y otro más. Hay lectores compulsivos – los ha habido siempre- pero hoy este fenómeno tiene algo de ocasión perdida, de posibilidades agotadas en la esterilidad.

Es un poco como el viaje programado en el que en seis días se visitan siete países y un número impensable de ciudades, de monumentos. Un viaje en el que se devoran los paisajes, en el que no hay cabida más que para una sucesión de novedades que una vez vistas necesitan ser inmediatamente sustituidas por otras.

Un libro, la lectura de un libro necesita un espíritu abierto a lo inesperado, a lo individualizado, a lo universal a base de ser algo absolutamente individual. Un libro es algo a desvelar, a ir desvelando, a tomarse el tiempo de sorprenderse, de reelaborarlo en base a lo que se sabe, a lo que se ha vivido. En la lectura todo es desconocido aunque lo sintamos muy cercano, aunque podamos acabar haciéndolo nuestro.

Eso puede suceder con cualquier libro, aunque con unos sea más fácil que con otros. Si leemos una de esas obras escritas para el consumo la lectura tendrá que ir mucho más lejos de lo que allí dice, tendrá que ser una lectura capaz de no dejarse atrapar en los lugares comunes, en los sentimientos que el texto prefabrica o cree prefabricar. Esa lectura será eminentemente crítica y puede resultar interesante, siempre que el lector vaya elaborando su propio discurso en paralelo con lo que va encontrando.

Otros libros son infinitamente más ricos en sí mismos y podemos establecer con ellos un diálogo sin temor a quedar atrapados en sus doctrinas, en sus tesis más o menos disimuladas o diluidas.

En cualquier caso, cualquiera de las dos lecturas no se terminan cuando se cierra el libro. Quedan en nosotros durante un tiempo, las reanalizamos, las extrapolamos, las revivimos. Volvemos a ellas a veces, incluso algunas tienen el valor de convertirse en nuestros libros de cabecera, en esos textos a los que volvemos una y otras vez con el mismo interés, con el mismo anhelo. Esas lecturas no tendrán nada que ver con las de usar y tirar, esencia de todo consumismo.

Los Clubes de Lectura deberían servir para conseguir que sus asistentes aprendieran a leer, a recrear el texto, a recrearse en él y gracias a él; a comprender la necesidad de saber muchas cosas, y saberlas muy bien, para poder hacer de la lectura una actividad verdaderamente creativa y gratificante.

Hace falta tiempo, se requiere tiempo para todas esas elaboraciones. Hace falta algo más que un moderador, o un coordinador para que un grupo de personas bien intencionadas e interesadas aprendan a leer.

Nos ha dado por pensar que todo vale, que cualquiera vale y puede ser cierto si la actividad no sirve más que para pasar el rato, para tener un tiempo de contacto tan superficial como insatisfactorio sólo un momento después. Se intenta que se piense que todo, incluso lo claramente disfuncional, es positivo y nada es menos cierto.

Nada más negativo que hacer creer que leer puede ser reducido a un mero consumismo. Nada que se avenga tan poco con la realidad como llegar a decir que la gente no sabe apreciar otra cosa.

Yo me pregunto, ¿qué clase de comentario se puede hacer a un libro de ni se sabe cuántas páginas en una hora de encuentro entre los lectores?

¿Hay alguien que haga de abogado del diablo para evitar los tópicos en la lectura, para hacer disonar las contradicciones, la ideología solapada en el texto?

¿Quién elige el texto a leer y con qué objetivos?

¿Lee la mayoría el libro propuesto? ¿Pasan más allá de las anécdotas a la hora de comentarlo? ¿Cómo creen que ha sido posible la lectura de La elegancia del erizo en tantos clubes de lectura?

No es que yo pretenda que desaparezcan los Clubes de lectura. No, en absoluto. Es, que sería demasiado triste tener que reconocer que ha sido otra ocasión perdida, otro caso más de ese consumismo un tanto encubierto pero que sólo lleva a la decepción y al  abandono de cualquier objetivo verdaderamente cultural y gratificante.       

Febrero 2013

 

 

 

 

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