Martina Martínez Tuya

 

 


El amor y la violencia de género
 



                   Quiero advertir desde el principio que esto no es un alegato de nada, ni algo a favor ni en contra de nada. Se trata de una búsqueda, de una reflexión sobre cuestiones que en  mi opinión siempre van unidas.

Hablaré de la violencia de género pero sólo de aquella que va unida al amor bajo cualquiera de sus variantes.

 Hay un  hecho que se pretende ignorar, sobre el que se pasa de puntillas o que se deja permanentemente de lado: las mujeres muertas, las maltratadas, - las maltratadas y después muertas-, a manos de sus parejas constituyen un caso único en la violencia en general incluso en la específica de género.

Su situación es la de convertirse en víctimas de los hombres que ellas han elegido, a los que ellas aman o han amado, a los que ellas se han entregado voluntariamente (en nuestro entorno hace tiempo que han desaparecido prácticamente los matrimonios forzados) y eso tiene sin duda alguna un significado en esta realidad tremenda del maltrato, y debería tenerlo también a la hora de intentar prevenirlo o de minimizar sus consecuencias.

Agresor y víctima no son dos personas ajenas hasta que se encuentran en un momento desgraciado. Son personas que se han amado,- que se aman quizá todavía- que alguno de los dos aún sigue amando al otro. Ya sé que son muchos los que quieren distinguir entre el amor verdadero y el amor falso. Quieren resolver así un problema muy complejo con una mera etiqueta, con un adjetivo que al parecer condensaría el significado profundo de esa realidad tan terrible. Es una diferenciación inservible: no se pueden establecer distingos. Hay amores de distintas clases, es cierto. Pero el amor falso, como el oro falso, simplemente no existen ni como amor ni como oro: son otra cosa.

Tendemos a las dicotomías porque eso simplifica mucho las cosas, hace fácil colocarlas en uno de los dos lugares antagónicos y da seguridad, y permite pontificar y sacar conclusiones sin otros análisis. Podríamos pensar que el pensamiento moderno había acabado con las dicotomías, pero no ha podido con ellas. Es más, ante una situación que se teme y  sobrepasa al individuo, ante la que no consigue comprender y menos aún controlar revive el viejo atavismo de nuestra cultura: la dicotomía.

Un ejemplo claro de este pasado que vuelve, de esta carencia de análisis es la dicotomía machismo- igualdad de género. Todo lo malo viene del machismo, toda salvación vendrá de la igualdad de género. Sirve un poco para todo y se ha constituido de forma casi única en la base de análisis de los fenómenos del maltrato y muerte de las mujeres a manos de sus hombres amados o que lo fueron en un pasado más o menos reciente.

Eso, y los muchos silencios en torno a la casuística de estas desgraciadas situaciones creo que hacen imposible considerar en su complejidad este fenómeno, que no es nuevo pero que está dimensionándose de una manera que empieza a ser aterradora. Hace falta algo más que simple machismo para cometer estos actos de violencia contra las mujeres. Haría falta mucho más que el simple reconocimiento de la igualdad entre hombres y mujeres para que dejase de existir. Ambas cosas no dejan de ser esquemas conceptuales. El individuo no decide en su vida en base a esquemas, sino en base a las creencias – de las que es consciente o no- y que están o pueden estar más o menos alejadas de lo que él dice o cree pensar. Las creencias son rastros de la memoria y su base es más emocional que cognitiva. Tienen enlace directo con las pulsiones y que lleven o no a la acción depende más de la capacidad de autocontrol del sujeto que de lo pensado.

Vivimos un tiempo sin ritos, y los ritos servían para poner una distancia entre lo sentido y la acción. Desaparecidos los ritos, idealizadas las pulsiones, deificado el instinto, sustituido lo sentimental por el sentimentalismo, confundido el amor con el sexo  instalado el convencimiento de que la libertad no es la de amar sino la de ser amado; atrapados en una búsqueda de identidad en la imagen que el otro nos devuelve de nosotros mismos la violencia estará siempre sobrevolando las relaciones, tanto más cuanto más impulsiva sea la forma de vivirlas y mayor sea la confusión entre el amor, la pasión y el sexo.

Sería algo más que conveniente profundizar en todos estos supuestos, y sin duda en algunos más, para empezar a vislumbrar la posibilidad de encontrar la manera de abordar este terrible problema.

 

Revista de AMADUMA mayo 2010

 

 

 

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