Martina Martínez Tuya

 

 

 

Al encuentro de los libros

  

El verano es para mí un tiempo en el que acudo a mi cita con los libros buscando la sorpresa en cada encuentro.

Por dos meses dejo el Sur, y Segovia me acoge en sus calles estrechas y centenarias, en una casa construída a finales de la Edad Media que mantiene los muros dibujados con vigas que se cruzan y que han dejado de ser una materia orgánica para convertirse en fósiles, en algo que si se analizara creo que tendría una composición casi mineral.

Entre esos muros no sólo no se siente el calor, sino que tampoco se puede hablar por el móvil. Es otro mundo, un mundo que viene de lejos, que comparte esa lejanía con el palacio del Corregidor D. Diego de Rueda, que queda justo enfrente, y una calle que lleva a la Plaza Mayor.

 

Es visita obligada ir hasta la Biblioteca Municipal. Nada que ver con otras bibliotecas. Está en lo que fue Cárcel Real y en algún momento cárcel de la Inquisición.

La puerta es monumental y, nada más entrar, un arco románico da paso a la sala de los ordenadores. Pasado y presente perfectamente ensamblados, sin estridencias, vividos con toda naturalidad.

En la primera planta hay una sala en la que los libros están colocados por orden alfabético de autores. Esa es mi sala preferida.

Entro en ella buscando tres libros para llevarme. Miro sólo en las estanterías que están a la altura de mis ojos, una más abajo y otra más arriba. Las demás es como si no existieran. Mis cervicales y mis lumbares las excluyen. De todas formas, con las tres alturas que me quedan bien tendría para pasar varios veranos.

Busco – preferentemente- en las secciones de Sociología, Psicología y Filosofía. Me tomo mi tiempo con idea de que los libros me seduzcan. Siempre lo hacen.

Unos, porque son amigos de hace mucho tiempo y nada más verlos siento el deseo de releer, de descubrir algo que ya no recuerdo; algo, nuevo del todo, en esa magia de cualquier libro cuando hacemos una lectura mucho tiempo después de la primera.

Otros, tienen un título interesante o son de un autor que aunque no me sea desconocido tampoco puedo decir que lo haya leído. Esos esconden con frecuencia grandes sorpresas – para bien o para mal-.

Quedan los que sólo me suenan vagamente y los que ni me suenan. Unos y otros resultan una apuesta interesante que a veces termina en una lectura minuciosa y otras en un simple ojear y devolver en la próxima visita a ese lugar en el que hay infinitas oportunidades para disfrutar de la proximidad de los humanos gracias a sus obras.

 

Hay muchos libros de Sociología, muchos de ellos de finales del XIX y mitad del siglo XX. Tiempos convulsos que nos han traído a donde estamos y que sin duda tuvieron intérpretes de primera categoría, aunque no pueda decirse que sus contemporáneos les hicieran mucho caso.

Cuesta trabajo admitir que seguimos enfermos de modernidad, de la Modernidad. Hemos sufrido mucho – como sociedades y como individuos- por no querer enfrentarnos a ese hecho – por lo demás, evidente-.

Una y otra vez han fracasado las utopías y en ese fracaso han arrastrado al dolor y la muerte a muchísima gente. Una y otra vez esos desastres habían sido anunciados, pero nunca han servido de gran cosa esos anuncios, esas consideraciones, esos avisos, esas alternativas.

Cada vez que la realidad ha derribado las barreras que intentaban ocultarla y contenerla,  demasiados no han pensado sino en reaccionar con ira y buscar como fuera otros parapetos que les evitaran ese momento supremo de reconocer no sólo los errores sino también la necesidad de saberse simplemente hombres y no querer, nunca más, ni ser dioses ni aliarse con ellos. En su locura quieren arrastrar a los demás y no pocas veces consiguen llevarlos, llevarnos al abismo.

Recuperan viejas esperanzas –sin querer ver que fueron fallidas en su momento-  y no dudan en llevar su resentimiento como bandera.

¡Cuánto bien hace la vuelta a tantos libros olvidados o casi! ¡Qué felices encuentros para ver más claro, formular con mayor nitidez, agradecer el esfuerzo de comprensión de esas situaciones que no parecen ni humanas!

¡Qué derivas, a veces! ¡Qué ingenuidad al proponer soluciones que no aguantan ni la crítica de la historia ni la de la realidad más inmediata!

 

Yo tejo mi diálogo con esos libros sentada en un parque o en un pequeño jardín, como el del Doctor Laguna, mientras susurra una fuente – en Segovia es raro el jardín que no tiene una fuente de la que se puede beber- y caen pausadas las flores casi blancas de unos árboles que parecen acacias pero que no lo son. A veces, una terraza en la Plaza Mayor me cobija a la sombra de las fachadas mientras los relojes del Ayuntamiento y la Catedral acompasan las horas dando los cuartos, las medias y las enteras. 

Busco libros más bien pequeños para poder llevarlos en el bolso. Con un lápiz muy blando marco los textos que me parecen más interesantes. Después, en la casa y en el ordenador, los copio. Cuando termino un libro, borro con sumo cuidado todo lo que anoté en él con una de esas gomas de miga que tanto he deseado siendo niña y que nunca tuve.

 

Traigo todas mis notas en un pen-drive – el ordenador que tengo allí es prestado- y un día cualquiera las imprimo. Las guardo cuidadosamente. Son como las fotos que otra gente trae de sus vacaciones, más bien como un vídeo. En ellas están las palabras literales pero también mis propias elucubraciones,  el resultado de esos momentos gozosos de los que conservo verdaderas perlas para analizar la realidad, para seguirla  cuando todo parece zozobrar y hasta la simple comprensión se presenta a menudo como un imposible.

Les dejo algunas que parecen muy de actualidad.

 

Llamamos, equivocadamente, pesimistas a quienes son optimistas desengañados” (1)

El optimista, en la política, es un hombre inconstante, hasta peligroso, porque no se percata de las grandes dificultades que ofrecen sus proyectos; estos últimos parecen poseer una fuerza propia que conduce a su realización, tanto más fácilmente cuanto en su mente están destinados a producir mayor número de personas felices. (2)

El optimista pasa, con notable facilidad, de la ira revolucionaria al más ridículo pacifismo social. (3)

El pesimista no tiene los desvaríos sanguinarios del optimista enloquecido por las resistencias imprevistas con que tropiezan sus proyectos; no sueña en absoluto con procurar la felicidad de las generaciones futuras degollando a los egoístas actuales.(4)

 

 

…la edad moderna ha contribuido a precipitar las desilusiones de las clases medias, a multiplicar el número de descontentos y amargados por una realidad que no puede coincidir con los ideales democráticos. Se ha salvado otra etapa suplementaria, ya ningún grupo social está a salvo de la catarata de decepciones.(5)

Cuando se promete la felicidad a todos y se anuncian placeres en cada esquina, la vida cotidiana es una dura prueba.(6)

 

Notas: 1, 2, 3 y 4 de Georges Sorel del libro REFLEXIONES SOBRE LA VIOLENCIA, publicado en 1960, en la traducción de Alianza Editorial, Madrid 2005. Páginas 70-71 y 73

5 y 6 de Gilles Lipovetsky del libro LA SOCIEDAD DE LA DECEPCIÓN (de 2006), versión española de Editorial Anagrama, Barcelona 2008. Página 21.

 

 

 

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